sábado, 2 de marzo de 2019

Docentes que marcan

Ante esta pregunta sobre los profesores que hayan dejado una impronta que pudiese haber servido para mi camino, contaré sólo de dos, por el momento, ya que ambos marcaron un accionar y un hito para mi vida, respectivamente. 

En mi primer año de la escuela de arte teníamos un profesor de escultura, Carlos Walter Butin, que viajaba desde Buenos Aires, 800 kilómetros cada semana en ida y vuelta, para darnos clase. Como escultor era excelente, como conocedor del arte, fascinante. No era, sin embargo, didáctico, los compañeros se quejaban de que con él no aprendían nada de técnica de la escultura y eso era verdad, ya que la presencia de este profesor era un monólogo constante en donde nos exponía la filosofía del arte, los conceptos abstractos, las historias anecdóticas de los artistas, especialmente con quien fuera su modelo (y el mío) Miguel Angel Buonarotti. Caminaba todo lo largo del salón, ida y vuelta despacio, sin parar, sumido en sus elucubraciones, totalmente abstraído, con su rostro muy rojo que, adivinábamos, debía ser acentuado con alguna pequeña ayuda de origen etílico. 



Para quien necesitaba una indicación técnica, la ayudante era la que intentaba suplir esas áreas como podía, porque no era muy buena (supe después, con mayor conocimiento de la materia), tenía conocimientos limitados. Pero para los pocos que le prestaban verdadera atención, Butin era genial, daba al alumnado lo que sabía y les puedo asegurar de que sabía mucho de amor al arte, de sus definiciones, de su filosofía, a mí me fascinaba escucharlo, absorbía todo lo que podía de sus palabras.


Mientras, frente a mi caballete de escultura, yo luchaba con la primera cabeza en arcilla que me tocaba hacer, intentando sacarle alguna forma medianamente humana. El profesor Butin detuvo en cierto momento su caminata para abrir los ojos casi siempre entrecerrados y decirme, mirando mi trabajo: “No hagas movimientos inútiles con las manos”.

Clink, dicho en el momento justo y con la mente permeable al máximo, fue archivado de tal manera en mi subconsciente que ya no pude nunca más trabajar de otro modo que ése: hacer algo útil cada vez que actúe, o no hacerlo. Que cada movimiento de mis manos definiera una forma, o se abstuviera de tocar el material. Descubrí lo importante que era eso para la realización de una obra sin “cansarla”. Y también para actuar en la vida.

Carlos Walter Butin en su taller
El otro profesor, casualmente de la misma escuela de arte a la que yo concurría, era también un artista que tuvo su renombre y que, lamentablemente, las redes de comunicación han sido aún más ingratas con él que con Butin, ya que no se consiguen imágenes de su obra: Eliseo Tomás Speroni, que ya era un anciano y del que nunca olvidaré su estentórea risa, era alegre y se reía como un chico por cualquier cosa. Nos daba clase de dibujo o de pintura, aunque era como el profesor Butin, muy poco didáctico, sino aún menos, porque casi no hablaba más que con su ayudante, Martha Grassi, que sí atendía uno por uno a los alumnos, intentando paliar la carencia docente del profesor principal.

Y fue justamente en una clase de dibujo que, charlando a viva voz de modo que era imposible no escucharlo, estaba el profesor Speroni con Martha, analizando con su ojo agudo de artista lo que, a su parecer, era conveniente para cada uno de nosotros, que nos hallábamos dibujando al modelo en carbonilla sobre grandes papeles grises de croquis. 

Alumnas de la Escuela Superior de Artes Visuales "Martín A. Malharro" (fuente Fotos Viejas de Mar del Plata) 
-Ése - señalando a uno de mis compañeros- tiene aptitudes para el grabado. Aquélla da para el color, las manchas. Y ésta- señalándome a mí, muy callada y muy quieta frente a mi tablero- busca la tercera dimensión.

Clink, la revelación se me hizo en un instante. Yo, que a mis trece años de edad estaba más enfocada en la pintura y que me gustaban todas las disciplinas, caí en la cuenta de que, efectivamente, la escultura era aquello en lo que me encontraba más a gusto.

Resulta injusto, no obstante, hablar de sólo dos profesores. Qué suerte que tuve más, cada uno aportando su cuota con una sola frase o una sola acción. Ser como una esponja ávida de palabras me ha servido de mucho, especialmente para cazar, al vuelo, lo que era bueno para mí. Nunca estaré lo suficientemente agradecida a todos ellos.

Elizabeth Eichhorn

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