sábado, 16 de marzo de 2019

Prueba testimonial

La mía es sólo una hipótesis en la que creo tan fervientemente, que la doy como un hecho. Desde luego, es algo personal y no lo puedo probar, no hay ningún testimonio escrito en la historia.

A quien admiro profunda, incondicional y vehementemente es al gran escultor Miguel Angel Buonarroti. Cada vez que pude, me he dado una vuelta para ver sus magníficas esculturas. Es una cuestión de piel, supongo, siento total amor por su personalidad y sus obras.

Lo que afirmo, después de haber estudiado al detalle cada centímetro de sus esculturas, es que fue un avanzado en su época, tan avanzado, que no se lo entendió. Cuando se afirmó durante siglos que sus esclavos para la tumba de Julio II quedaron sin terminar, nadie parecía notar que no, que todos están perfectamente terminados.



¿Puede alguien negar que estas obras están acabadas? ¿Que no hay una armonía absoluta entre esos cuerpos finamente pulidos y los bloques rugosos que los encierran? Los esclavos no tenían los pies libres, por eso no se podían escapar. Las manos aprisionadas porque sólo podían hacer lo que se les ordenaba, los rostros desdibujados porque eran nadie. Pero, en cambio, los cuerpos están deliciosamente trabajados, porque lo que les era útil a sus amos era la fuerza y la resistencia que podían emplear en sus trabajos.

Cuando un escultor hace una obra, primero la boceta toda en el material elegido. Luego afina las formas y al final se dedica a los detalles. Un escultor hace todo el conjunto para que los espacios y los volúmenes no fallen ni falten y para que se guarde la armonía. Y el pulido final se da a toda la obra, ese pulido que lleva un enorme y minucioso trabajo de acabado también se hace en la generalidad del conjunto. Eso no se ve en los esclavos y sí en todas las demás obras de Miguel Angel.



La Piedad de Palestrina, la más “suelta” de sus piedades, tiene todo el esmero en el trabajo pulido del cuerpo de Cristo, y los que lo sostienen son secundarios, como que “a nadie interesan”. El contraste de ese cuerpo vencido con su marco rugoso potencia su fuerza aunque esté sin vida. Hasta los trapitos que tapan su sexo están hechos con toda la finura de la tela… Vamos… Si dijeron que estaban “sin terminar” es porque no había llegado el impresionismo aún y todas las demás corrientes que lo siguieron, por lo tanto era inimaginable comprender semejante visionario adelanto en el tiempo…



Sólo una obra podremos decir con certeza que estaba realmente sin terminar: la Piedad Rondanini. Su autor tenía 89 años, y nuestro héroe estuvo trabajando en ella hasta seis días antes de morir...


Tómese éste como un testimonio personal, y estoy segura de que será muy difícil discutirlo con alguna prueba documental del mismo autor, sobre estas obras creadas demasiado temprano en un siglo demasiado antiguo.

Elizabeth Eichhorn

sábado, 2 de marzo de 2019

Fotos que cambian

Tengo unas cuantas fotos hermosas que, si bien no han “cambiado” mi vida, sí han hecho que se conviertan en un símbolo de ciertas emociones y/o de sueños logrados. Pero sí, existe una foto que puedo decir, con certeza, que ha “cambiado” en algún modo mi trayectoria. Y es ésta. 


No confundir con cholulismo, por favor. Se trata de una foto que, cuando fue tomada en el año 1986, con motivo del Mundial de Fútbol en México, llamó mi atención como algo muy expresivo y simbólico, Diego y yo tenemos prácticamente la misma edad y él era todo un fenómeno de creciente popularidad, tanto para amarlo como para odiarlo, según quien opinase. Guste o disguste, es emblemática sin discusión.




Y fue recién veinte años después, exactamente en 2006, cuando cobró un significado totalmente revelador, al recibir en mi taller a las personas que deseaban realizar un homenaje a tan singular deportista y, luego de casi un año de negarme a hacer ese trabajo (estaba muy ocupada con otras obras), accedí a realizarlo.




Jamás podré arrepentirme de haber aceptado. A la extraordinaria experiencia que vivimos con los bordes de esta tarea, se le suma el hecho de que esta obra, en mi trayectoria artística, se convirtió en un antes y después, llevándome por caminos insospechados de febril actividad. Además de las emociones encontradas según la vivencia que nos tocaba cada día de esos meses de trabajo, se le sumaban los reportajes en interminable seguidilla, tanto presenciales como telefónicos, así fueran desde EEUU, Alemania, Australia, España... El teléfono ardía.




Nunca olvidaré la camaradería de los que encargaron la obra y trabajaron denodadamente para que todo se llevara a cabo con éxito y excelente organización: Julián Chavero, Leo Quintanilla, Lionel Díaz, Gastón Amato. Siempre estaban ahí, facilitando la información gráfica que necesitaba, así fuera la ampliación de la foto de la pulsera cabalera del futbolista, como el bolsillo de Bilardo en los pantalones del Mundial, las zapatillas personales de entrenamiento de Diego que trajeron al taller para que sirvieran de modelo, como también el trabajo de armar carros para el transporte, proveer materiales accesorios, construir la base de madera para llevar al Club de Boca Jrs., todo regado con mate y empanadas criollas. Y muchas risas y bromas, sobre todo eso. Inolvidable.




La inauguración fue el gran premio al ver las lágrimas del ídolo cuando descubrió su retrato, diciendo que así quería que sus hijas lo recordaran en el futuro, como en esa obra.




Fue como abrir una puerta para que por ella entrasen los demás futbolistas de alto renombre, esculturas todas de 250 cm de altura de los pies a la cabeza, de distintos clubes y épocas, todas emociones renovadas por sus historias diferentes. Y el máximo placer cumplido, años después, entre otras, con una figura de tres metros de altura del General San Martín, para la provincia de Misiones.

Por eso, no tengo empacho alguno en señalar que, en mi trayectoria artística, la foto que dio pie para florecer mi derrotero de aquí en más fue ésa, la del capitán argentino del Mundial de 1986.


Enlace:




Elizabeth Eichhorn

Docentes que marcan II


Yo odiaba matemáticas en mi primer año de las escuelas de arte, del bachiller. Odiar matemáticas es como una moda adolescente que, si no la seguimos, somos sapos de otro pozo. Y terminas creyéndolo, porque así está establecido, era como un estigma que debíamos llevar todos los compañeros. Odiar matemáticas me hacía tener las notas bajas, no entender nada, comparándolo con chino avanzado.

Claro, no promediaba y me la llevé a examen. En ese odioso momento en el que rendía, sentada en una butaca, el profesor José Félix Carbone, formando parte de la mesa de examen y al que nunca había visto antes porque era nuevo en la escuela, se sentó a mi lado. Lo hacía con todos, sólo que recién en ese momento caí en la cuenta de eso, cuando lo ví ahí. Observó lo que estaba tratando de dilucidar en mi hoja y me dijo, con una calma inmensa: “¿Cuánto mide la suma de los ángulos de un triángulo?” Esa me la sabía y respondí. A eso siguió el profesor: “Muy bien, entonces, ¿este ángulo mide…? ¿Y éste? ¿Y por lo tanto, éste…?”

Lo definí tan rápido que ni yo me creí, me entusiasmé tremendamente. Fui razonando los problemas que se presentaban como si de golpe se les hubiera corrido una nebulosa. Estaba todo tan claro… Recuerdo haber salido de esa aula, pensativa, diciendo para mis adentros que, en el futuro, como ése profesor yo quería ser. Aprobé el examen, por supuesto.

A partir de ese entonces y hasta el fin de mis carreras, dejé de sentarme en el fondo dicharachero del aula para irme al primer banco, al lado del escritorio. No perdía palabra de la profesora o el profesor de la materia que me tocase y, en mi casa, demasiado cansada a la noche para estudiar, ponía el despertador a las cuatro de la mañana, tras lo cual me despertaba y me sentaba en la cama a hacer ecuaciones hasta las seis y media, hora de levantarme para ir a la escuela. Los logaritmos invadían febrilmente las hojas en ambas caras, inventaba más ecuaciones y las resolvía, como si estuviera jugando un juego de estrategia. Me divertía, me fascinaba, me desafiaba y me encantaba ganar. Comencé a amar la geometría, los dibujos de perspectivas y de teoremas eran casi obras de arte, aún me río de ese entusiasmo.

Cobró más sentido aún el recuerdo de Mary Poppins en mi niñez, quien afirmaba que si nuestro trabajo y nuestras responsabilidades las hacíamos con “un poquito de azúcar”, buscando el modo de convertirlo en un juego alegre, no nos pesaría y nos gustaría hacerlo, sea lo que fuere.

No me avergüenza decir que fui del grupo de los buenos promedios, con altas notas en matemáticas, año tras año. Aprendí con eso el valor de la didáctica de un buen profesor, la generosidad para acercarse y guiar al alumno, para iluminarle el raciocinio. Y sobre todo, para eliminar cuanto podía los tontos prejuicios que la sociedad nos impone, en este caso sobre “no me gustan las matemáticas”.

Fue una liberación.



Elizabeth Eichhorn

Docentes que marcan

Ante esta pregunta sobre los profesores que hayan dejado una impronta que pudiese haber servido para mi camino, contaré sólo de dos, por el momento, ya que ambos marcaron un accionar y un hito para mi vida, respectivamente. 

En mi primer año de la escuela de arte teníamos un profesor de escultura, Carlos Walter Butin, que viajaba desde Buenos Aires, 800 kilómetros cada semana en ida y vuelta, para darnos clase. Como escultor era excelente, como conocedor del arte, fascinante. No era, sin embargo, didáctico, los compañeros se quejaban de que con él no aprendían nada de técnica de la escultura y eso era verdad, ya que la presencia de este profesor era un monólogo constante en donde nos exponía la filosofía del arte, los conceptos abstractos, las historias anecdóticas de los artistas, especialmente con quien fuera su modelo (y el mío) Miguel Angel Buonarotti. Caminaba todo lo largo del salón, ida y vuelta despacio, sin parar, sumido en sus elucubraciones, totalmente abstraído, con su rostro muy rojo que, adivinábamos, debía ser acentuado con alguna pequeña ayuda de origen etílico. 



Para quien necesitaba una indicación técnica, la ayudante era la que intentaba suplir esas áreas como podía, porque no era muy buena (supe después, con mayor conocimiento de la materia), tenía conocimientos limitados. Pero para los pocos que le prestaban verdadera atención, Butin era genial, daba al alumnado lo que sabía y les puedo asegurar de que sabía mucho de amor al arte, de sus definiciones, de su filosofía, a mí me fascinaba escucharlo, absorbía todo lo que podía de sus palabras.


Mientras, frente a mi caballete de escultura, yo luchaba con la primera cabeza en arcilla que me tocaba hacer, intentando sacarle alguna forma medianamente humana. El profesor Butin detuvo en cierto momento su caminata para abrir los ojos casi siempre entrecerrados y decirme, mirando mi trabajo: “No hagas movimientos inútiles con las manos”.

Clink, dicho en el momento justo y con la mente permeable al máximo, fue archivado de tal manera en mi subconsciente que ya no pude nunca más trabajar de otro modo que ése: hacer algo útil cada vez que actúe, o no hacerlo. Que cada movimiento de mis manos definiera una forma, o se abstuviera de tocar el material. Descubrí lo importante que era eso para la realización de una obra sin “cansarla”. Y también para actuar en la vida.

Carlos Walter Butin en su taller
El otro profesor, casualmente de la misma escuela de arte a la que yo concurría, era también un artista que tuvo su renombre y que, lamentablemente, las redes de comunicación han sido aún más ingratas con él que con Butin, ya que no se consiguen imágenes de su obra: Eliseo Tomás Speroni, que ya era un anciano y del que nunca olvidaré su estentórea risa, era alegre y se reía como un chico por cualquier cosa. Nos daba clase de dibujo o de pintura, aunque era como el profesor Butin, muy poco didáctico, sino aún menos, porque casi no hablaba más que con su ayudante, Martha Grassi, que sí atendía uno por uno a los alumnos, intentando paliar la carencia docente del profesor principal.

Y fue justamente en una clase de dibujo que, charlando a viva voz de modo que era imposible no escucharlo, estaba el profesor Speroni con Martha, analizando con su ojo agudo de artista lo que, a su parecer, era conveniente para cada uno de nosotros, que nos hallábamos dibujando al modelo en carbonilla sobre grandes papeles grises de croquis. 

Alumnas de la Escuela Superior de Artes Visuales "Martín A. Malharro" (fuente Fotos Viejas de Mar del Plata) 
-Ése - señalando a uno de mis compañeros- tiene aptitudes para el grabado. Aquélla da para el color, las manchas. Y ésta- señalándome a mí, muy callada y muy quieta frente a mi tablero- busca la tercera dimensión.

Clink, la revelación se me hizo en un instante. Yo, que a mis trece años de edad estaba más enfocada en la pintura y que me gustaban todas las disciplinas, caí en la cuenta de que, efectivamente, la escultura era aquello en lo que me encontraba más a gusto.

Resulta injusto, no obstante, hablar de sólo dos profesores. Qué suerte que tuve más, cada uno aportando su cuota con una sola frase o una sola acción. Ser como una esponja ávida de palabras me ha servido de mucho, especialmente para cazar, al vuelo, lo que era bueno para mí. Nunca estaré lo suficientemente agradecida a todos ellos.

Elizabeth Eichhorn

Lugares felices

No puedo decir que un solo lugar fue el más feliz de los que estuve, por encima de otros ya que, afortunadamente, fueron unos cuantos. Sin embargo, al escuchar esta pregunta recién hecha, lo primero que me vino a la mente fue Sintra.

Cuando unos amigos de mi ciudad me dijeron que no me perdiera de ir allí, lo tomé en cuenta a pesar de que durante toda mi vida, para mí, Portugal no era un destino que me atrajera mucho. 



Por favor… ¡Qué país! Llegué a Lisboa para tomar, al día siguiente, un tren a Sintra desde la gigantesca estación ferroviaria, ruidosa y ordenada. Me hospedé en casa de un matrimonio joven que no hablaba español, sí inglés (y obviamente, portugués) y ella estaba embarazada. El muchacho me acompañó a pie, cuesta arriba, para indicarme qué dirección seguir para llegar hasta el Palacio de la Pena. Una vez recorrida esa belleza disfrutando de todos sus detalles, algunos muy curiosos, seguí camino por esas calles de cornisa, de piedras cubiertas con una gruesa alfombra de vegetación tupida y del aire más puro del planeta. Terminé hallándome en la cumbre del Castillo de Los Moros, con el vértigo paralizándome en un par de ocasiones, cosa que casi me curó de volverlo a sufrir en el futuro, como un bautismo de fuego.



Qué belleza… Desde esa cumbre de escalinatas de 70 cm de ancho y sin paredes de contención, contemplé el mar, el monte, la montaña, la historia, el misterio, el sentimiento visceral de lo conocido y de lo deslumbrante. 




Al otro día le tocó recibir mi visita a la Quinta de la Regaleira y me hice todos los intrincados caminos iniciáticos que ella representa, con esa sensación de estar sola y sin miedo, llena de emoción por los simbolismos que nos hacen mirar muy hacia dentro de nosotros.

Luego de un día entero andando por el Circuito de la Pena completo y a pie, ya casi a medianoche y sin temores a nada, subí a una taberna para cenar delicias del lugar, rodeada de velas. Fue la soledad más acompañada de mi vida. 



Puedo afirmar que Sintra es un lugar que me ha atrapado como para volver, casi virgen ella, enigmática y totalmente bella para todos los sentidos, llenándome de una felicidad que hoy, después de cuatro años, vuelvo a sentir por completo cada vez que la recuerdo.

Elizabeth Eichhorn

Viajes que cambian

Muchos viajes tuve la dicha de hacer, a varias partes del mundo. Pero el viaje más significativo fue aquél en el que me tocó, por primera vez, cruzar el gran charco sola, cuando antes había ido acompañada y a algunas pocas ciudades.

No había viajado sola casi nunca en mi vida, salvo algunos cortos trayectos en mi país. Sobrevolar el Atlántico para ir a un mundo distinto, de distintos idiomas, en donde no tenía a nadie conocido para tener de respaldo, salvo una amiga en Palma y otro en Milano, viajar sin contratar ningún tour, ni agencia de viajes, ni hoteles con anterioridad, ni nada por el estilo, ir tan sólo con mi bolsito de mano para aventurarme de país en país más de un mes era todo un desafío.

Llegué a Barcelona fascinada por su exótica idiosincrasia, fui en tren a Figueres, a la Fundació Gala-Dalí, crucé a Mallorca y recorrí la isla por completo, desde las pequeñas poblaciones hasta las coves… Volví al continente y aterricé en Madrid sin idea de en dónde me iba a alojar, y gracias a un taxista criterioso fui a parar a un albergue familiar en donde estuve maravillosamente, detrás del Congreso de Diputados.

Con el dinero escaso, mi turismo era caminar. Todo lo descubría de esa manera, de modo que los recuerdos de lo visto jamás pudieron borrarse. Obviamente, terminé en el Museo del Prado, estuve seis horas dentro de él, todo lo quería analizar y asimilar.



Fue entonces cuando llegó el deslumbramiento. Son muchas las pinturas (una reverencia a la maravillosa “Los fusilamientos del 3 de mayo” de Goya) y esculturas de belleza increíble que hay en ese bendito museo. Todas son una presencia que soñaba con ver desde que hojeaba los libros desde la niñez.

Pero fue cuando me enfrenté a Antinoo, obra romana de mármol del siglo II DC, que me paralicé. Vaya a saber qué es lo que en mi espíritu quería aflorar, qué fue lo que sacudió los cimientos de mi mente y mi corazón, produciéndome un estado de emoción e impacto. En el acto me dije, delirando para mis adentros, que “así quería trabajar yo”. Aún sigo en el intento.



En mi enorme pequeñez como escultora, esos volúmenes, esas líneas y esos espacios me estaban señalando hacia dónde podría buscar mi estilo.

En las muchas veces en que pude volver, ya con experiencia viajera, se convirtió en una suerte de rito al pisar suelo madrileño, que mi primera caminata ni bien llego cada vez, sea para ir a la Plaza Mayor y de allí al Museo a saludar, solamente, a esos dos portentos: a “Los Fusilamientos...” y a “Antinoo”, para retroalimentarme una vez más, y como gratitud por la guía que me abrió el camino para expresarme.

Elizabeth Eichhorn

¿Qué cosa nos cansa a los artistas explicarle a la gente?

Una y otra vez, a lo largo de nuestro camino, los amigos, conocidos, familiares incluso, nos han hecho preguntas parecidas a éstas las que, haciendo acopio de calma y respirando hondo, procuramos responder (una y otra vez, incluso), con la esperanza de que se entienda de algún modo al fin. Y estás son algunas:

· Que no, que el arte es una necesidad personal, una vocación, una profesión de mucha investigación, práctica y trabajo, no un capricho bohemio o algo que hacemos para matar el tiempo, o porque el tiempo nos sobra o porque somos demasiado vagos para trabajar en algo “normal”.

· Que no todos los artistas son bohemios, algunos somos organizados, tenemos una casa ordenada, cumplimos con cada plazo que la sociedad nos impone, impuestos, servicios, reuniones, horarios.





· Que no, por no ser bohemio, el artista es frío e insensible en sus creaciones, existen artistas super apasionados que vuelcan fuego y sentimientos en su obra y, sin embargo, tienen una vida razonablemente ordenada.

· Que no por ser artistas dedicados a su profesión, taller, obras, sueños e inspiraciones se descuida a la familia y se encierra cada uno en su mundo de fantasía. Nos encerramos en nuestro mundo de fantasía, es cierto, pero en el momento correcto, la mayoría somos padres presentes, esposos atentos y amigos que tienen en cuenta a sus amigos, en una palabra, personas normales. Si un artista no es todo esto último, no es por ser artista, sino por ser persona egoísta o desentendida. Nada más que eso.


· Que no necesariamente tenemos que ser locos, raros, enfermos mentales, exóticos, viciosos, sucios. Los que lo son se destacan y por eso la gente cree que todos son así. Nada más falso. Nuestro amado Van Gogh fue un incomprendido, qué distinta hubiera sido su vida con una terapia adecuada, y era un caso en particular, no es una condición que todos los artistas deben tener.




· Que no, que no somos millonarios, ni pobres como lauchas encerrados en una buhardilla, algunos tienen la suerte de estar patrocinados, otros tienen fortuna personal, y la mayoría somos mortales que deben ganarse el sustento día a día como cualquier ser humano, unos tienen la dicha de vender lo que producen, otros dan clases, otros ambas cosas, muchos trabajan de otra cosa y le roban horas al sueño para hacer lo que su vocación le pide. El común denominador de todos es la pasión por el arte. Como en cualquier profesión de cualquier ámbito. Ama lo que haces y no será un trabajo, será una sucesión de satisfacciones personales en cada obra realizada.

· Y la más común de todas: no necesariamente el artista tiene que sufrir para hacer obras geniales. Eso es un mito, es producto de una creencia generalizada e ignorante. La mayoría de los artistas necesitamos un ambiente de paz y armonía para poder crear y trabajar, es de donde salen las mejores obras. Si un artista famoso sufrió mucho, es porque le tocó mala suerte, hay innumerable cantidad de grandes maestros de la historia del arte que tenían una hermosa y plácida vida. Con los altibajos de cualquier persona común, claro.

· Que podremos ser diferentes, sí, y es la misma diferencia que existe entre un médico y un mecánico, un comerciante de un policía, un modisto de un carpintero. Cada profesión u oficio da a su hacedor una percepción de la vida diferente de la de los demás, y eso es normal, es bueno, es complementario. Al que le preste atención a un artista cuando hable, se le brindará la oportunidad de ampliar el panorama de sus conocimientos, si le interesa. Como cuando escuchamos, embobados, hablar a un filósofo sobre Foucault, o a un pastor del cerro que nos cuenta cómo tiñe la lana que esquila de sus cabritas, para después llevarlas al telar de peine y pala.

· Y ésta, es nuestra favorita: - ¿Cuánto me cobras por esta “lámina”? (triste nombre que le dan a un original que hemos hecho, ya sea un óleo, una acuarela, un lápiz pastel) Luego de decirle el precio al interesado, nos pregunta, ni lerdo ni perezoso: - ¿Cuánto tiempo te lleva hacerlo?. A lo que respondemos - Depende, puede ser un par de horas o un rato. Y luego viene la estocada final, no falla: - ¿Y por un ratito de trabajo me cobras ese dinero?. Respirando hondo para no convertirnos en homicidas, damos nuestro cierre final: - Si, cobramos eso por cuarenta años y un ratito. 

Eso sí, cuando piden rebaja, muy amablemente guiamos a la persona a la puerta de salida y le aconsejamos que pinten el cuadro ellos mismos.

Elizabeth Eichhorn