Muchos viajes tuve la dicha de hacer, a varias partes del mundo. Pero el viaje más significativo fue aquél en el que me tocó, por primera vez, cruzar el gran charco sola, cuando antes había ido acompañada y a algunas pocas ciudades.
No había viajado sola casi nunca en mi vida, salvo algunos cortos trayectos en mi país. Sobrevolar el Atlántico para ir a un mundo distinto, de distintos idiomas, en donde no tenía a nadie conocido para tener de respaldo, salvo una amiga en Palma y otro en Milano, viajar sin contratar ningún tour, ni agencia de viajes, ni hoteles con anterioridad, ni nada por el estilo, ir tan sólo con mi bolsito de mano para aventurarme de país en país más de un mes era todo un desafío.
Llegué a Barcelona fascinada por su exótica idiosincrasia, fui en tren a Figueres, a la Fundació Gala-Dalí, crucé a Mallorca y recorrí la isla por completo, desde las pequeñas poblaciones hasta las coves… Volví al continente y aterricé en Madrid sin idea de en dónde me iba a alojar, y gracias a un taxista criterioso fui a parar a un albergue familiar en donde estuve maravillosamente, detrás del Congreso de Diputados.
Con el dinero escaso, mi turismo era caminar. Todo lo descubría de esa manera, de modo que los recuerdos de lo visto jamás pudieron borrarse. Obviamente, terminé en el Museo del Prado, estuve seis horas dentro de él, todo lo quería analizar y asimilar.
Fue entonces cuando llegó el deslumbramiento. Son muchas las pinturas (una reverencia a la maravillosa “Los fusilamientos del 3 de mayo” de Goya) y esculturas de belleza increíble que hay en ese bendito museo. Todas son una presencia que soñaba con ver desde que hojeaba los libros desde la niñez.
Pero fue cuando me enfrenté a Antinoo, obra romana de mármol del siglo II DC, que me paralicé. Vaya a saber qué es lo que en mi espíritu quería aflorar, qué fue lo que sacudió los cimientos de mi mente y mi corazón, produciéndome un estado de emoción e impacto. En el acto me dije, delirando para mis adentros, que “así quería trabajar yo”. Aún sigo en el intento.
En mi enorme pequeñez como escultora, esos volúmenes, esas líneas y esos espacios me estaban señalando hacia dónde podría buscar mi estilo.
En las muchas veces en que pude volver, ya con experiencia viajera, se convirtió en una suerte de rito al pisar suelo madrileño, que mi primera caminata ni bien llego cada vez, sea para ir a la Plaza Mayor y de allí al Museo a saludar, solamente, a esos dos portentos: a “Los Fusilamientos...” y a “Antinoo”, para retroalimentarme una vez más, y como gratitud por la guía que me abrió el camino para expresarme.
Elizabeth Eichhorn
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sábado, 2 de marzo de 2019
lunes, 5 de octubre de 2009
Los fusilamientos del 3 de Mayo
Al leer las apreciaciones que he visto en el grupo sobre "Los fusilamientos del 3 de mayo" de Francisco de Goya y Lucientes, les cuento que yo, como ustedes, me conmuevo enormemente ante esta magnífica, maravillosa obra. Para los que no han tenido la oportunidad de verla en vivo, en el Museo del Prado, es enorme, un gigantesco lienzo de más de 2,60 metros x 3,50 metros, que opaca por mucho a la otra obra que lo acompaña al lado, "La revolución del 2 de mayo", del mismo autor y tamaño. Es de estilo clásico moderno, con los primeros avances de un estilo que terminaría con el impresionismo, como le corresponde a todo genio avanzado en su época.
El dramatismo de esta pintura es excepcional, único. Eriza la piel y es la búsqueda obligada del amante del arte y de la historia cuando entra al museo, no importa cuántas veces entró. Es una obra que "grita" y hasta los sordos la escuchan. La forma en que está realizada está plagada de simbolismos y las líneas de su composición son tan definidas como significativas.
Lo primero que se aprecia son las despiadadas diagonales que apuntan a las víctimas, viniendo de la formación geométrica e insensible del conquistador, del sistema, de la infraestructura. No se apuntan sólo con rifles, sino con el sentimiento asesino, que todo lo invade, aplastando.
Ampliar las imágenes con click sobre ellas.
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Como separando el pueblo de la opresión, ambos bandos se delimitan en forma nítida, inconfundible, envolviendo al cuadro en dos grupos de expresiones que, fundiéndose, dan el resultado central, el dolor, la desesperación, la rendición.
El grito de la víctima iluminada artificialmente por la lámpara, que destaca el tema más importante, es un grito de entrega, reclamo, y hasta esperanza, rogando por su vida y la de los suyos, marcando la cruz que arrastra todo su pueblo. Cuando se mira con atención, cada detalle de la composición "coincide" con estas líneas invisibles, pero nada está puesto al azar, la genialidad de Goya puso cada cosa en su lugar.
Y, el detalle que pocos conocen, la sombra (y sólo es una sombra) de las víctimas, que pasa desapercibida, cuando se mira con detenimiento muestra los tímidos, insinuados detalles misteriosos de una madre que protege a su hijo, encorvada y escondida, como símbolo de la humanidad que, espiritualmente, está detrás de ésto sufriendo la devastación.
Por eso, cuando miramos esta magnífica obra, nos estremecemos y no sabemos por qué, muchas veces. El conjunto de elementos que la componen está tan sabiamente expuesto que el alma sensible nunca olvidará el momento en que la tuvo frente a los ojos, en original o en réplicas.
Amo esta obra! Se nota mucho?
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