miércoles, 27 de julio de 2022

¿Qué ha pasado con la buena música rock de siempre?

Por Gustavo Guardiola, compositor y bajista. Profesor de composición por más de 26 años. Fundador de Penguin Bop. Autor de libros: ¿Cómo componer un tema? Los fundamentos melódicos, armónicos y estructurales y su aplicación en la creación de temas en estilo clásico.

¿Qué pasó con el rock? Uy, pues que se nos vino una revolución tecnológica que fue benéfica para muchas cosas y letal para otras; el rock no aguantó el golpazo, y no sólo el rock; el jazz y en general toda forma de música que fuera consumida por el gusto de escucharla, está en una situación similar.

¿Por el gusto de escucharla? ¿Qué no sería ésa una característica común de toda la música? -Pues, mire usted, no. Hay mucha música que ni se compone ni se escucha por gusto. ¿Por ejemplo? Yo diría que mucha música académica. Si vive de becas y de financiamiento del estado, es porque no hay quien la compre. Y no necesariamente lo digo en términos despectivos, pero, admitámoslo: la música atonal, el post-post-post-estructuralismo, el post-minimalismo, y todos sus etcéteras, tienen públicos muy limitados. No es el gusto del público el que la mantiene económicamente.

Aunque hay que decir que la industria musical cometió algunos errores fatales antes de que entráramos en la era de internet. Uno de ellos fue que la industria musical se llenó de tecnócratas que no entendían un carajo de música y tampoco de negocios. Se suponía que era gente que tenía visión, que tenía instinto del mercado. En realidad eran puros charlatanes que conforme transcurrían los últimos años del siglo XX se pusieron a apostar por fórmulas trilladas, y dejaron de correr los riesgos normales que conlleva estar en el negocio de la creatividad y del arte. Se les olvidó que la música es un arte, y el artista requiere una cierta libertad y un mínimo de flexibilidad.

No es tan difícil entender qué es lo que pasó. Lo vemos todos los días con lo que pasa con el cine. Puros refritos o revivir personajes de historietas y hacerlos aparecer una y otra y otra vez. Al rock le pasó eso: Una aparente profesionalización de la administración de las disqueras que dejaron de entender al artista y privilegiaron formas de hacer música mucho más baratas y fáciles.

Te voy a poner un ejemplo que vi de cerca. Vamos a suponer que tú fueras un rockero en los años 90, que viviera en México y que hablara español como lengua materna. Vamos a suponer que estuvieras persiguiendo la idea de conseguir un contrato con algún gigantón de la industria, digamos con Sony Music. Bueno, Sony Music tenía una estigmatización muy clara y muy dura con sus artistas. Para el público blanco, estaba el Sony Music "WASP", el que grababa a los güeros, a los rockeros. Para los negros tenía su área negra, que grababa a los de rythm and blues o hip hop o rap, y para los latinos tenía a Sony Music Latino. La sede de la división latina estaba en Miami, y si tú querías grabar con ellos tenías que ir allá y presentarte como un músico "latino". ¿Y qué significaba eso? Significaba que ibas a tocar baladas tipo Luis Miguel, o ibas a tocar algún tipo de pop muy estándar y muy descafeinado, de chavos que bailan y que van al gimnasio y se meten a la cámara de bronceado; o bien, que ibas a tocar música "latina", es decir, algún tipo de música afroantillana: salsa, merengue y merequetengue, o bien, cumbia norteña o tex-mex. Si eres latino, tú no haces rock: tu haces música bailable: señorita, margaritas y chile con carne, coronitas, cinco de maio y Virgin Mother of Guadalupe, o cumbias norteñas que hablaran de narcotraficantes y de mover el cul0.

A esa gente no le cabía en la cabeza que alguien en algún lugar de Hispanoamérica hiciera algo que se saliera de los estereotipos más burdos. ¿A quién se le ocurrió tan brillante idea? A algún pinche yuppie. Estigmatizaron al público y a los músicos, los dividieron por razas y zonas, como si fuéramos no sólo perros, sino sus perros, y lo curioso es que funcionó por algún tiempo, pero no funcionó para todos ni para todo.

Para alguien que hace cumbia norteña, que le gusta hacer canciones de narcos y que se puede pagar un boleto a Miami, la cosa funcionó. Pero con tantito que te salieras del estereotipo, la cosa ya no funcionaba.

Sí existieron algunas divisiones dedicadas al rock en español, pero aún así, tenía que tener un sabor local muy notorio. Y tú dirás que eso afectaba en todo caso a los latinos y a los negros, pero, ¿y qué pasaba con los blancos? Bueno, también tenían que apegarse a sus estereotipos y a lo que dictara la moda. Una moda que esos yuppies tampoco entendían muy bien. Veían como moda lo que es una forma de creación artística por derecho propio.

Si un grupo de rockeros tenía éxito, se favorecía a los que se les parecieran y se descartaba a los que llegaran con una forma distinta de hacer música.

Si un rockero tenía éxito… había que buscar a otro que se le pareciera.


Pero las cosas no funcionan así en la música. No es con fórmulas como predices quién tendrá éxito y quién no.

Y luego, las disqueras entran en la bolsa de valores y se tienen que someter a la normativa de las grandes corporaciones. Y de repente tienes empresas que viven de la creatividad de sus músicos, alineándose a políticas que fueron pensadas para invertir en papel, acero y azúcar.

Entrar a la bolsa de valores exigía ajustarse al calendario, a presentar proyectos puntuales en tiempos puntuales y a cumplir metas que estaban fuera de las posibilidades de la industria musical.

Ahora la decisión de financiar a un músico pasaba por una serie de informes y lo que los inversionistas decidían en favor del bajo costo, el mínimo riesgo y el menor tiempo de recuperar la inversión. La forma de calendarizar un contrato discográfico en los 70 era por proyectos a un año. En ese tiempo el grupo componía, se metía al estudio, grababa, editaba, mezclaba y masterizaba. Era un buen tiempo para tener un disco terminado y promoverlo con una gira.

Pero para el nuevo formato, un año era demasiado. Los tiempos se redujeron a 3 meses. Los rockeros de la vieja escuela no podían comprometer con esos tiempos, porque el nivel de detalle de un disco de los 70 o de principios de los 80 era mucho. Cualquier disco de Queen o de Pink Floyd tiene cientos de detalles en cada canción. Era mucho lo que se hacía con cada una de ellas para hacerla una obra de arte. Campanitas por aquí y por allá, un tren, unas risas grabadas con una cassetera casera, programar teclados, y por supuesto la parte meramente musical de hacer la canción, ensayarla y tocarla. Todo eso se toma su tiempo.

Pero en tres meses, con presupuestos muy magros, para lo que alcanza es para meter unos loops y una fórmula que funcione. En el hip hop hasta la mezcla es siempre igual. Adiós a que el ingeniero se ponga a experimentar; adiós al productor metiendo al baterista en una alberca buscando la sonoridad exacta, como lo hacía Led Zeppelin. Adiós a los experimentos de Van Halen en la consola de grabación, doblando guitarras con distintos efectos para darle ese efecto tan potente y tan característico de su estilo.

El rock entró mal al nuevo siglo, y además entró bajo amenaza, con un público demasiado ávido de descargarse gratuitamente miles de horas que jamás iba a escuchar, pero demasiado avaro como para pagar por la música que decía que le gustaba escuchar.

¿Quiénes se pueden pagar el lujo de meterse a un buen estudio con un buen ingeniero y un buen productor? Sólo los que ya tenían éxito y mucho dinero. Pero ni siquiera músicos famosos, ni siquiera los verdaderos rock stars consiguen recuperar la inversión de la grabación por medio de la venta de discos. Hoy en día se vende muy poca música. En donde se recupera y se gana es en los conciertos. Pero los conciertos masivos son para unos pocos. Sí, si eres Metallica puedes llenar un estadio y llevarte un millón de dólares en una noche. Pero, ¿cuánta gente puede llenar un estadio? Eso no está al alcance de un músico que no haya tenido una enorme inversión publicitaria por muchos años.

El presupuesto para la promoción de un disco en los 90 iba de los 100,000 usd al millón de dólares. Cuando se ha tenido diez años de promoción, el público alcanza varios millones de personas en cada país. Se dice que Queen vendió más o menos 300 millones de discos alrededor del mundo a lo largo de toda su carrera. Por supuesto Queen tenía una calidad musical y un talento enorme. Pero aún con ese talento, llegar a vender esas millonadas de discos no se hace sin una gran inversión y campañas mediáticas gigantescas. ¿Cuántos artistas de primer nivel, hoy en día, se pueden gastar un presupuesto de 20,000 dólares para hacer un disco y promoverlo? Además, sin mucha posibilidad de recuperar la inversión, porque no van a vender discos; para ganar tienen que hacer conciertos masivos, es la única manera.

Un jazzista con un disco de platino gana por Spotify en un año más o menos unos 150 usd. Te alcanza para unos pantalones. Y un jazzista muy rara vez tiene un público masivo. En los mejores clubs de jazz en Nueva York no creo que quepan más de 150 personas. De hecho, en el Village Vanguard de Nueva York caben 123. ¿Cómo le haces para recuperar la inversión de un disco?

Un grupo como King Crimson, que ha tenido éxito a nivel mundial, que tiene una trayectoria de décadas, y que es en definitiva un gran, gran grupo, cuando vino a México tocó en el teatro Metropolitan, que tiene un aforo de 3,165 espectadores. No está mal, con un par de conciertos salen las cuentas, pero eso dista mucho de ser un gran negocio, considerando que es una banda legendaria, y que mover esa cantidad de equipo, personal, y todos los gastos que conlleva hacer un gran concierto, no es nada barato.

Entonces, pues mire usted, esto es lo que hay. No, no van a salir grandes producciones en un buen tiempo. La buena noticia es que va a seguir habiendo músicos, va a seguir habiendo grandes canciones. No van a tener la difusión que tenían antes, y probablemente ni siquiera te enteres de cuando haya por ahí un gran músico que haga algo excepcional, porque sus posibilidades de promoción serán muy limitadas. Tampoco serán grandes grabaciones de estudio como en otras épocas. Serán grabaciones semicaseras, o en estudios modestos, y no tendrán todos los detalles que había en los discos de los 70 y 80. Pero música, seguirá habiendo.

Y sí, de vez en cuando, a nivel local, habrá grupos que se vuelen la barda y que quizás lleguemos a conocer. Es posible que cuando la pandemia realmente se haya ido, o al menos cuando no cause ningún problema, todas esas ganas de salir a la calle y de oír música, toda esa presión contenida, esas frustraciones por las que todos hemos pasado, se terminen metabolizando en alguna forma de expresión musical que nos mueva el piso. Puede ser que suceda. Puede ser también que al público se le quite un poco lo frívolo y deje de estar mandando mensajitos en WhatsApp mientras el tipo del escenario deja el alma en una canción.

En esta década, tarde o temprano todos los grandes rockeros del siglo pasado irán abandonando el escenario. La gente que hizo la cultura musical del siglo XX irá cediendo el paso a los que vienen. Soltaremos una lagrimita nostálgica y tendremos que dejar ir a ese siglo XX que tantas emociones nos ha dado. Mucha de esa música seguirá con nosotros. Recuperaremos cosas que no sabíamos que nos gustaban de aquellos años, pero tarde o temprano, veremos lo que tienen qué decir quienes no habían nacido cuando murió Freddie Mercury. Démosle tiempo al tiempo y no los jodamos con frivolidades ni tacañería. Si hay un disco que te gusta, cómpralo.

 

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